lunes, 26 de noviembre de 2012

(I)


Desde esta ventana y a través del cristal mojado con las primeras gotas de un invierno que se presenta interminable, puedo ver una pequeña fracción de esta ciudad. El mar al fondo, prado, y las pequeñas luces de las casas de los suburbios de la ciudad. Una ciudad fría dirían muchos, y no refiriéndose simplemente a su clima. Una ciudad bastante fea, sin ningún atractivo evidente, sin nada que aportar. Éso podrían pensar muchos. Una mole de edificios marrones, grises, tristes, sin nada que destaque entre ellos. 
Éso pensaba yo la primera vez que pisé esta árida tierra, este lugar de nadie. El frío me calaba hasta los huesos, podría decir que incluso hasta el alma. Y no, no exagero. La tristeza y la desesperanza se apoderaron de mí nada más respirar este gélido aire, esta polución casi constante que consigue intoxicar hasta el pensamiento. 
Sin embargo, al igual que el humo de un cigarro, puede llegar a enganchar. Con el paso del tiempo, notas que algo ha empezado a cambiar. Sabes que deberías evitarlo, pero no puedes. Ese ambiente sucio, triste, puede enganchar más incluso que la peor de las drogas. 
Pasear por estas sucias calles, llenas de la peor calaña, ha pasado a ser uno de mis pequeños vicios. Llegué como un pequeño pajarillo asustado, pero tal y como he dicho, algo ha producido un profundo cambio en mi ser. 

Me encanta pasear entre putas. No os engañéis, no soy un asiduo a ese tipo de servicios (pero tampoco negaré que nunca haya caído en la tentación). Adoro dejarme conducir hasta las calles más asquerosas de esta ciudad y pasear entre esas almas rotas. No es simplemente el morbo lo que me conduce hasta allí. Resulta divertido imaginarse la historia que ha llevado a esa dulce dama del alén de los mares a convertirse en un mercado de carne. ¿Un amor dañino? Puede. ¿Una adicción más que evidente? Demasiado típico. Nunca he llegado a interesarme por sus vidas reales; es muchísimo más entretenido imaginarla. Me gusta pensar que María (sí, incluso llego a inventarme los nombres) proviene de una noble familia venezolana, decidiendo cruzar el mar y encontrar un mundo nuevo (aunque lo único que haya podido encontrar haya sido un par de pollas viejas y un desgarro en el alma), o que Esperanza (irónico nombre para esta profesión) realmente disfruta de lo que hace. 

Podría decir que lo que más me gusta de esta ciudad es la playa, los pocos parques que posee o incluso aquel viejo cine venido a menos al que acudo cada vez que puedo. Pero no. Lo que realmente me gusta es mi barrio. Antes de mudarme, todo el mundo me pidió que reconsiderara mi decisión. 'No es un buen barrio', decían. 'Te estás metiendo en la boca del lobo', aseguraron. No voy a negar nada, todo ello es cierto. Robos a diario, camellos en cada portal, desdichados rebuscando entre la basura,... todo ello configura el paisaje que se ve a través de mi dormitorio. 
No, no penséis que lo hago por necesidad. Cobro lo suficiente como para permitirme una buena casa en un barrio bien, pero no me gusta vivir rodeado de una fantasía. El hecho de correr la cortina y ver la verdadera realidad me hace sentir vivo. El mundo no se compone de trajes bonitos, coches caros y coños mojados entre sábanas de satén. La realidad es que vivimos rodeados de todo tipo de mierda. Si mal no recuerdo de mis años de universidad, se considera que lo normal es lo que estadísticamente conforma una mayoría, ¿no?. Entonces, ¿por qué tratamos de convencernos de que lo normal es vivir en una bonita casa, con tres niños y un jodido perro, y no dedicarnos a buscar sobras de comida entre bolsas de basura en los vertederos?

¿Que qué me ha llevado a ver el mundo desde este punto de vista tan enfermizo para algunos? Nunca he sabido explicarlo. He tenido una bonita infancia, una juventud normal, sin nada destacable, sin nada que me haya trastornado en exceso. Relaciones amorosas normales, ningún tipo de adicción, sin enfermedades mentales (diagnosticadas),... Me gusta pensar que por alguna extraña razón, un pequeño porcentaje de la población podemos ver el mundo tal y como es (sí, soy tan prepotente que me incluyo en esa minoría, así soy yo), y no como la bonita postal que parece ser. A pesar de lo que pueda parecer, el ver la inmundicia que nos rodea no me hace sentir más desdichado, sino más vivo, más consciente. 

El mundo es un jodido vertedero. ¿Y a quién le importa?

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