Recuerdo el primer trabajo realmente serio que conseguí. Durante años trabajé de camarero en incontables garitos, la mayoría de ellos no muy recomendables. El sueldo era una mierda y las horas incontables, pero el alcohol gratis digamos que ayudaba a sobrellevarlo. Quizás el whisky barato me nublase la vista en exceso, pero ni que éso haya sido alguna vez un problema.
Por algún golpe de gracia que todavía no alcanzo a comprender, conseguí un contrato de becario a través de un convenio con mi universidad. Todavía era demasiado joven, apenas tres años de carrera, candidatos mucho mejor cualificados que yo, pero en fin, algo habrían visto en mí.
Durante los primeros meses me limitaba a hacer básicamente nada. Fotocopia ésto, envía aquéllo. Poco dinero, menos trabajo. Poco a poco fui adquiriendo más responsabilidades en el departamento. Cada vez que me han preguntado por qué en una entrevista, respondí aquéllo de 'de alguna forma intuyeron todo mi potencial, decidieron probar mi valía y puedo asegurar que no se equivocaron'. Quizás decir que me tiraba al jefe no resulte un punto a favor para los inquisidores de Recursos Humanos.
No lo busqué en ningún momento, no pretendía trepar a base de corridas. Simplemente, pasó. Desde el primer momento me di cuenta de la forma en que me miraba. Tras un mes bajo sus órdenes, me pidió que le echase una mano con un proyecto personal. Debido a la confidencialidad de dicho proyecto, decidió citarme una vez las oficinas hubiesen cerrado. En el momento en que la última administrativa abandonó su cubículo, me llamó a su despacho. Nunca había entrado allí: paredes blancas, sofás de cuero negro, decoración muy sobria a la par que elegante; el típico despacho que imaginarías para un cuarentón canoso que en su vida se atrevería a repetir una jodida camisa. Una vez me senté, empezó a explicarme las lineas generales del nuevo trabajo: que si se trataba de un proyecto de gran envergadura, que si requería la formación de un equipo multidisciplinar y todo tipo de mierdas que os podáis imaginar. Tras media hora de monólogo se disculpó para ir a por un par de informes que había olvidado.
Inmerso como estaba en las carpetas que había dejado sobre su mesa, no me di cuenta de que había vuelto, pero por alguna razón, se había quedado parado a mi lado. Cuando alcé la vista hacia su cara, vi una sonrisa socarrona pintada en su cara. '¿Te gusta lo que ves?' fue lo único que dijo antes de acercar su cintura un poco más hacia mi cara. Fue en ese momento cuando bajé la mirada y vi que algo abultaba bajo ese pantalón que costaba lo mismo que tres meses de mi sueldo. Sin dudarlo ni un segundo, decidí desabotonarlo y bajar la cremallera, despacio, recreándome en el tacto de la suave tela. Unos calzoncillos negros ocultaban la que podría llamar la polla perfecta: larga, gruesa, sonrosada, peluda, con unos huevos perfectamente simétricos. Decidí comprobar esa misma perfección con mi lengua, paseándola de la base a la punta hasta que no pude aguantar más y me la metí en la bota. Por el gemido que soltó aquel cabrón puedo decir que no le disgustó. Empecé chupándola lentamente, acompasando los movimientos de mi mano con el recorrido de mis labios. Poco a poco aceleré el ritmo, hasta que me agarró la cabeza y la velocidad dejó de ser algo bajo mi control. Empezó a follarme la boca, embistiéndome una y otra vez. Aquella polla me estaba ahogando, las lágrimas me saltaban, pero era una sensación realmente placentera. Sentirme dominado era una sensación totalmente nueva para mí. Cuando me quise dar cuenta, mi respetable jefe empezó a gemir cada vez más y más fuerte, hasta que cuando quise darme cuenta sentí su lefa caliente en lo más profundo de mi garganta. Podría haberla escupido, pero decidí tragármelo. Por una vez, quise ser obediente, un empleado eficiente y realmente sumiso, que nunca rebate las órdenes de sus superiores.
Aquellos encuentros se repitieron durante mucho tiempo. No os engañéis, no lo hice por escalar puestos; simplemente disfrutaba de aquellos polvos. Y si ello me ayudaba a aumentar un poco mi sueldo, ¿por qué negarme?
Todo el mundo tiene un precio, y todos el mundo se vende en algún momento. Puede que sea a base de mamadas, o puede que sea dejando de lado sus principios aceptando un trabajo que antaño podría provocarle hasta arcadas, y todo ello por un par de pavos más. Podemos presumir todo lo que queramos de tener una moral completamente férrea, pero en lo más profundo de nuestro ser sabemos que cada principio tiene a su lado una etiqueta con su precio de venta.
